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MSF denuncia el «abandono» institucional que sufren los colombianos afectados por el conflicto armado del país.
Un helicóptero de combate y un bombardero surcan el cielo disparando proyectiles contra el terreno montañoso. En el suelo, un muñeco de verde responde al ataque con una ametralladora mientras otro monigote yace con las piernas seccionadas muy cerca de un tanque de guerra que lanza bombas al aire. Es el dibujo de un niño colombiano de once años que ha vivido el enfrentamiento bélico en su país. El pequeño pinta con lujo de detalles lo que varias generaciones en Colombia han llegado a asimilar como algo normal: la violencia.
La organización no gubernamental Médicos Sin Fronteras (MSF) ha hecho hoy un reclamo a las autoridades colombianas para que reaccionen frente a las patologías psicológicas que desarrollan los ciudadanos expuestos al conflicto armado del país de manera directa o indirecta. En el informe «Tres veces víctimas», ilustrado con el dibujo antes descrito, MSF denuncia el «abandono» que sufren las víctimas de la guerra entre Estado y fuerzas paramilitares. Al parecer, estos perjudicados no reciben reconocimiento a nivel social ni cultural, ni tampoco por parte de las instituciones estatales. «No importa que se te haya muerto un familiar asesinado. Si no estás muerto parece suficiente», afirmó Teresa Sancristóbal, responsable de operaciones de MSF en Colombia.
El asesinato de un ser querido, el reclutamiento forzado, las amenazas, el desplazamiento y las restricciones de movilidad son las causas principales de desórdenes psicológicos y psiquiátricos entre los colombianos inmersos en la violencia. «Niños con dolores de cabeza, con trastornos del comportamiento, que se hacen pis en la cama a edades que no son normales, padres con síntomas de estrés... no son cosas que se curan con un paracetamol, forman parte de la salud mental», explicó Sancristóbal.
El estigma de las víctimas
Estas víctimas suscitan el recelo de la sociedad. Les resulta «muy duro rehacer sus vidas» porque son vistas como «ladrones, guerrilleros o paramilitares» y no se distingue entre víctimas y verdugos. Les cuesta conseguir trabajo, vivienda y acceder a la educación. Así se crea un «problema de silencio provocado»: los afectados no se atreven a hablar abiertamente de la experiencia vivida y, por tanto, a buscar ayuda para superar los traumas, subrayó Carmen Martínez, referente de salud mental de MSF. En este contexto, las relaciones familiares también se ven afectadas y se sufren trastornos de adaptación. «Hay madres que reconocen que quizás son violentas con sus hijos, pero lo viven como algo natural», subrayó Teresa Sancristóbal.
Depresiones, pérdida del apetito, ansiedad, trastornos del sueño retraso mental, trastornos de personalidad y trastornos sexuales son otras de las enfermedades que sufren estas personas. Médicos Sin Fronteras ha atendido a 5.064 pacientes en el proyecto de salud mental que desarrolla en el departamento de Caquetá, al sur de Colombia, entre marzo de 2005 y septiembre de 2009. Un 49,2% de los tratados estuvieron expuestos directamente al conflicto. En este departamento, MSF desarrolla un programa específico para tratar estas patologías en el hospital estatal María Inmaculada, que tiene de una sola unidad de psiquiatría y 20 camas disponibles.
A pesar de los medios limitados, MSF asegura que se obtienen resultados clínicos positivos en un 94% de los atendidos, aunque es difícil hacer un seguimiento exhaustivo de los afectados. «A veces nos vemos bloqueados por los combates y vemos al paciente una sola vez». Difícil, pero no imposible. La ONG considera que el Gobierno colombiano «está capacitado» para proporcionar este tipo de atenciones médicas. «Las instituciones públicas deberían dar este tipo de servicio. Los equipos pueden llegar y trabajar en las zonas», sentenció Martínez.
MSF lleva trabajando en Colombia desde 1985. Ofrece atención médica y psicológica y servicios de orientación y apoyo a miles de personas en el país. Actualmente está presente en 13 departamentos y cuenta con un equipo de 370 personas.